Hace una semana falleció mi tío Roger, el más encarador de todos, falleció el 20 de agosto de este año, víctima de un cáncer terminal, su partida me impactó de una manera muy especial, lo sufrí mucho, pero la vida y la circunstancia me puso en un lugar extraño.
Si bien es cierto, mi tío Roger fue sin duda uno de mis tíos
mas queridos y especiales, pero mi atención se centró en ese momento de pérdida
en otra persona que la madurez de la vida me supo hacer ver de una manera mas
adulta y consiente: Mi madre.
A estas alturas de mi vida mi atención se centró en
mellar la pena de mi madre, hacerle compañía, cuidarla, que no se sienta sola
ante la partida de su hermano menor y eso también me ayudaba a mi a resistir la
pena de tan triste pérdida. Mi corazón tuvo tanta paz por tener a mi madre
acompañada y calmada ante dicho suceso irreparable, que también mi alma se curó
de toda tristeza, la muerte de un ser amado tiene que dejarte siempre una
enseñanza y la vida me hizo tener ese criterio acucioso para entenderlo. Todos
vamos a morir, todo el mundo lo sabe, pero “No todo el mundo es consciente de ello”
pues si lo fuera no perdería el tiempo procrastinando tanto una meta, una
lucha, un perdón o un abrazo. Mamá es lo único que me queda, debo de cuidarla
con toda mi alma y amor... Pero, ¿Cómo voy a cuidarla si yo por mi obesidad tengo
más probabilidades de muerte que ella? ¿Cómo pude ser tan irresponsable de descuidarme
tanto? La cosas tan sencillas de saber son las que más tardan en hacernos realmente
tomar conciencia en qué es lo que nos está pasando, el tiempo se va muy rápido
para todos, para los ancianos, cuarentones y también para los adolescentes.
Cosas tan simples como el hecho de estar vivos, de estar sanos, no son
valorados sino hasta su fragilidad, cuando a veces ya no hay nada que hacer
para recuperar lo perdido.

